“La enfermedad más extendida es la estupidez”

COLUMNISTA Y TRAUMATÓLOGO

Fernando Sáez Aldana (la rioja.com)

Fernando Sáez Aldana (la rioja.com)

Jarrero no por fabricar jarras, sino por ser oriundo de la localidad riojana de Haro, Fernando Sáez Aldana ha dedicado más de la mitad de su vida a la medicina. A sus 56 años ejerce como traumatólogo y es colaborador de Punto Radio y del diario LA RIOJA. Los martes participa en una tertulia radiofónica y los jueves ya tiene a punto El bisturí, su columna semanal. Entre tanto escribe novelas, relatos breves y algún poemario, vocación que cultiva desde su juventud. Ha recibido más de una docena de galardones, entre ellos el Accésit Antonio Machado, el Tiflos y el Juan de la Cuesta. En 2003 se estrenó con el género de la novela y Kundry se convirtió en finalista de los premios Río Manzanares. Con estilo muy pulido y fenomenal manejo de la ironía, permanecer indiferente es una tarea casi imposible para el lector. Sus saberes médicos no le han impedido librarse de una enfermedad, la melomanía, que tiene el piano como único placebo.

P. Es médico de profesión, pero también escribe, ¿cómo surgió esta afición?
R.
Pues en realidad surgió antes que la medicina, porque me ha gustado siempre. Escribía desde chaval cosas, ya sabes un poco para ti. No fue, hasta bastantes años de ejercicio profesional como médico, cuando me animé a escribir. Me presenté a un concurso y tuve la suerte de ser seleccionado. Me atreví a escribir alguna novela y un poemario.

P. ¿Más médico o escritor?
R.
Bueno, uno es médico de formación y escritor de vocación. Creo que, realmente, lo innato es mí es la escritura. Lo otro al fin y al cabo, fue un oficio un poco por influencia familiar (mi padre era médico). Me considero [escritor y médico] a partes iguales. Difícil de compaginar, pero bueno. Tengo claro, que cuando me jubile como médico seguiré escribiendo hasta el final.

P. También colabora en la radio.
R.
Sí. Bueno, en la redacción de LA RIOJA desde hace cuatro años o por ahí, se decidió reforzar la sección de opinión del periódico y ficharon a escritores locales. Entre ellos se fijaron en mí y acepté. Desde entonces escribo una columna todos los jueves en el diario. Y a raíz de eso, Punto Radio, una emisora que pertenece al grupo Vocento como el diario, me ofreció también participar en la tertulia radiofónica. Y ahí estamos, procurando asistir todos los martes que puedo porque es a las siete de la tarde.

P. ¿Desarrolla alguna otra actividad?
R.
Pues para que veas. Mi pasión no es ni la escritura, ni la medicina, sino la música. Esa es mi verdadera pasión. Soy melómano y pianista. Tengo un piano en casa.

P. ¿Qué se plantea antes de escribir su columna de los jueves?
R.
Muchas veces surgen como reacción o respuesta a un hecho que sucede, que te llama la atención. Pueden ser hechos oficiales o hechos más cotidianos; como observador de lo que te rodea en tu casa, en tu barrio, en tu ciudad, en tu país, en tu mundo. Pero otras veces surgen como un ejercicio, como una reflexión en voz alta de ideas o sentimientos íntimos. La influencia interior y externa se reparten a partes iguales en las doscientas y muchas columnas que van escritas.    

P. En el género de la columna ¿debe primar opinión, o literatura y forma?
R.
Para mí la columna es un género literario, menor si se quiere (lo cual no significa que sea fácil). Es menor, desde luego por extensión. Pero no es fácil redondear un texto, pongamos de veintitantas líneas, que tenga sentido, que esté decentemente escrito y que además exprese algo pueda interesar a quien lo lea. Entiendo que la columna, si se accede a ella como periodista, es más bien opinión sobre acontecimientos e información. Aunque también hay veces que [el columnista, en referencia sí mismo] hace la opinión de una manera casi, de periodista que No eres. Pero sí como ciudadano, que opina y que tiene el privilegio de que su opinión es publicada. Yo lo planteo más como un ejercicio literario. Lo que más me gusta de la columna es la absoluta libertad de expresión, que puedas decir lo que te parezca, sin otros límites que el código penal. La libertad de expresión en cuanto al estilo…La columna la puedes plantear como un relato, un mircrorrelato, como un diccionario…como un ¡yo que sé!

P. ¿Existe algún tema tabú?
R.
Temas tabúes no. Pero desde luego, ha habido un par de veces en que hubo cierta, digamos, desavenencia entre la sección de opinión del periódico y lo que uno escribe. Se me ha explicado en alguna ocasión que no se debe expresar opiniones que sean contrarias a la línea editorial del periódico. Es algo muy discutible ¿no? Porque uno no es periodista, ni pertenece a la plantilla del diario, ni está sometido al estilo del diario. Creo que la libertad debe ser absoluta. Pero sí que ha habido alguna vez a raíz algún tema muy polémico, quizás demasiado duro de decir. Ha ocurrido en dos ocasiones de doscientas cincuenta, de manera que se puede considerar anecdótico.

P. ¿Sobre qué temas le vetaron?
R.
La palabra no es “vetar”, porque tampoco fue un veto o una censura, fue una invitación a reflexionar sobre lo dicho. Concretamente una [columna] que salió, digamos suavizada, hacía referencia a…-espera que hay un pájaro aquí que no deja de cantar, interrumpe Sáez su respuesta-. Se planteó la posibilidad de echar mano de la tortura para sonsacar confesiones a criminales que con su silencio o con su engaño estaban haciendo muchísimo daño. Me estaba refiriendo concretamente a los secuestradores y asesinos de Marta del Castillo de Sevilla, que andaban engañando a todo el mundo diciendo “que si la hemos tirado al río, que si la hemos enterrado en un vertedero…”. Y allá te va un ejército [los efectivos desplegados en la búsqueda]. Aparte de los muchos recursos que consumen, era una tortura para la familia que no tenía el consuelo de poder enterrarla. A nadie nos gustaría echar mano de eso, pero igual simplemente como amenaza, como disuasión a esta gente. Tampoco era una columna muy explícita, ni bruta. Pero se consideró que eso traspasaba una línea que no se podía traspasar. Y bueno la manera de colar aquello fue decir: “Sabemos que hay mucha gente que lo piensa, dan ganas de…pero esto en un estado de derecho no se puede hacer”.

“No fue censura, fue una invitación a reflexionar” 

El otro tema trataba de los anuncios pornográficos de la prensa. Todos los diarios tienen una sección de anuncios pornográficos demasiado explícitos. Lamentablemente la venta de anuncios es una fuente de ingresos muy importante para todos los medios. Y parece ser que prescindir de esos anuncios pues supondría un quebranto económico. Es así de lamentable. Me parece que en una publicación especializada está bien, es un mercado que existe y ¡qué le vamos a hacer! Pero en el diario el diario familiar, que está encima de la mesa, que lo coge cualquiera, los niños, el abuelo, quien sea…De repente abrir y encontrarte con semejantes ofrecimientos, tan explícitos y tan obscenos…[El texto de esa columna] era en plan jocoso, haciendo una parodia, no era ninguna diatriba.

P. ¿Y qué sucedió?
R.
Pues lo mismo. Como comprenderás, estoy muy agradecido al diario LA RIOJA. Me siento un verdadero privilegiado por poder expresar mi opinión todos los jueves. Lo último que haría sería expresar una opinión innecesaria que les podría [expresa el traumatólogo en el condicional que tan a menudo sustituye al tiempo subjuntivo entre los riojanos] perjudicar como medio. Lo quitamos y ya está, que hay otras columnas. Estos han sido los dos casos. Pero no ha habido ni veto, ni censura. La redacción del diario me dijo “si quieres te lo publico, pero que sepas esto es un poco excesivo” y va en contra del medio. Y ahí se quedó la cosa.

P. ¿Una cosa buena y una mala de “LA RIOJA”?
R.
Una cosa buena: todos somos ciudadanos del mundo y todo es muy bonito [con ironía] y todos somos europeos, pero al final eres de tu pueblo, de tu tierra y de tu región. LA RIOJA es un diario que lee todo el mundo en La Rioja. No quiere decir que todo el mundo la compre, ya le gustaría a la empresa [dice entre risas]. Pero está en todas partes, en todos los centros de trabajo, en los bares, en muchas casas…Mi mundo para mí es La Rioja y así tengo la oportunidad de llegar a todo el mundo.

Lo malo, no lo digo yo, lo dijo un día el propio director del medio. Muy amablemente, se prestó José Luis Prusén a prologarme un libro que sacamos, El bisturí, una selección de las columnas que yo había escrito. Él mismo reconocía que con lo que nos pagaban a los columnistas no llegaba ni para el café. Pero bueno, como te puedes imaginar eso no se hace por dinero, ni muchísimo menos. Cuando me ofrecieron escribir la columna me dijeron que me iban a pagar muy poco. Sinceramente te digo que la escribiría gratis. Uno se considera suficientemente pagado como ciudadano con que todas tus ocurrencias te las publique el diario de máxima difusión de tu región.

P. Ha recibido premios como el Grano de Café al Mejor Autor Riojano o el Accésit Premio Antonio Machado, ¿de cuál se siente más orgulloso?
R.
No te sabría decir. Tuve un premio que entonces era importante, el “Tiflos” de cuento, por un libro de relatos breves. Éste es del que más orgulloso debería sentirme, porque es su tiempo era el premio económicamente mejor dotado en España, en ese tipo de género. Pero quizá, el libro del que más orgulloso estoy es de El Decathlon riojano, que está agotado. Una ácida referencia a supuestos deportes riojanos (malas costumbres). Se subtitulaba Una expansión sobre el lado oscuro de la riojanidad. Deportes entre comillas como el salto de semáforo, el lanzamiento del gargajo [un gargajo es un escupitajo nos aclara], decir tacos…Son pequeños capítulos y un epílogo, lo escribí en doce días seguidos. Volvía de trabajar y por la tarde me salía de un tirón. Aunque apenas ha salido de La Rioja, fue el que más éxito tuvo. Fue una cosa que como lo de Juan Palomo, yo me lo guisé, yo me lo comí, yo lo escribí, yo lo edité, yo lo publiqué, yo lo vendí y se vendió todo.

P. El día de libro presentó Hasta los huesos (y algo más), ¿de qué trata el libro?
R.
Hasta los huesos es un relato pseudoautobiográfico. Es un traumatólogo que ya está a punto de jubilarse y tiene sesenta y cuatro años. Está un poco aborrecido de su trabajo y se le ocurre escribir una especie de libelo contra su propia profesión. De manera que, a quien lo lea, se le quitan las ganas de ser traumatólogo para toda su vida.

P. Pero usted es traumatólogo.
R.
Sí. Es el planteamiento humorístico de un hombre que repudia su profesión, a la que ha dedicado toda su vida. Este libro lo escribí a los treinta y tantos años. Ha sido la tercera edición. Cualquiera lo puede disfrutar, pero un traumatólogo más que nadie. Cuenta las miserias de nuestra profesión, que las tiene como todas. Todo en clave de humor y diciendo verdades como puños también. Pero, aderezadas con ese humor que las hace digeribles. De eso trata, de que el médico acaba de su trabajo hasta los huesos, por no decir otra cosa.

P. ¿Columnistas y escritores preferidos?
R.
Ha habido dos columnistas que me han gustado muchísimo. Yo soy anti taurino, militante. Pero había un señor que escribía en EL PAÍS unas crónicas, que se llamaba Joaquín Vidal, ya murió. Era un primor de cómo escribía. Manuel Vicenç, que escribía una columna poética, que son las más difíciles, etc. Y escritores, soy amante de lo clásico. Con todo lo bueno que hay en la literatura clásica…No soy consumidor de literatura [basura sugiero yo] betseller [adjetiva Sáez Aldana, más diplomático]. Yo no he leído La Catedral del Mar, Soldados de Salamina…Y seguro que son buenos, pero yo disfruto mucho leyendo a Marco Aurelio…Mis escritores seguramente son los pensadores, los escritores filósofos. Me gusta mucho leer a Schopenhauer, Baltasar Garcián, Quevedo…Creo que el humor de mis obras ha visto algo de Quevedo, es uno de mis ídolos. La literatura clásica es un tesoro que deberíamos explotar antes de consumir esta “literaturilla” que hay ahora de un día para otro. El Premio Planeta, ¿no?

P. ¿Y usted qué opina de este tipo de premios?
R.
Hay dos clases de premios literarios: los que buscan autores y los que buscan lectores. Los primeros son tipo Planeta. Yo me presenté una vez, cometí ese error [se ríe de sí mismo el traumatólogo]. Pobre de mí, tuve la osadía de mandar una novela como otros quinientos colegas. Te dejas la piel es escribir algo ahí, solamente para que puedan decir que se han presentado quinientos y pico y que entre ellos ha ganado el que ya se sabía. Son premios que lo que buscan es vender libros. Yo he tenido la suerte de ganar algún premio literario, de éstos que realmente tienen sentido, que sirven para descubrir gente novel. Cuando gané el Juan de la Cuesta, el Machado, el Tiflos…era absolutamente desconocido. Son los premios que realmente tienen una autoridad. A mí me han incentivado. El escritor que está empezando piensa “algo habrá aquí cuando me lo han premiado, vamos a seguir”. Pero darle el premio a Camilo José Cela o estos grandes dinosaurios de la literatura…Lo que buscan simplemente es negocio, vender muchos libros y asegurarse de que el escritor fulanito puede vender trescientos mil ejemplares, aunque sea un tocho intragable.

P. Se comenta que Logroño es una de las ciudades con más centros de salud, ¿opina que los logroñeses los visitan con excesiva frecuencia?
R.
Sí. ¿Tú no has oído decir que La Rioja es comunidad muy hospitalaria y que los riojanos somos muy hospitalarios? Es porque vamos todos los años todos al hospital, no es por otra cosa [se ríe de nuevo]. Es impresionante. He ocupado puestos de responsabilidad en la sanidad riojana, te puedo asegurar que la frecuentación de los servicios sanatorios por parte de la población es una pasada. Los riojanos pasan todos los años por el médico no sé cuántas veces. Por el especialista, por urgencias una vez al mes…A raíz del proceso de medicalización de la sociedad, estamos convirtiendo la enfermedad en todo. Estamos en una dinámica de hedonismo en que no se tolera la menor dolencia. Hay muchísima demanda por causas banales que luego entorpecen todo el sistema y dificultan la asistencia a quien lo necesita. Hay mucho abuso, por la accesibilidad y la gratuidad. Y está muy bien, otros cuantos países quisieran nuestro sistema público de salud. Pero hay que usarlo con racionalidad, con un poco de cabeza y no colapsar todo lo que se abre y más. 

P. Como médico y colaborador de La Rioja ha sido testigo aventajado de la gripe A, ¿qué opina del tratamiento que los medios de comunicación le han dispensado?
R.
Entiendo que la amenaza de una epidemia o una pandemia es un noticia golosa, pero se tiende a exagerar y alarmar innecesariamente a la gente. Lo hemos vivido con las vacas locas, la gripe aviar, la porcina…La incidencia de estas enfermedades en la salud o mortalidad es muy baja comparada con otras que pasan desapercibidas en los medios. Son las autoridades sanitarias las primeras que encienden todas las voces de alarma. Los medios las recogen, no se las inventan. Pero es injustificablemente desproporcionada. “Dos casos de gripe aviar en Brasil” y a cinco columnas en el diario LA RIOJA. ¿Y eso qué importa aquí? Un poco sensacionalista. Es irresponsablemente alarmista.

P. Si tuviéramos que preocuparnos por alguna enfermedad, por poner un poco de mesura, ¿cuál sería?
R.
Creo que la enfermedad más extendida es la estupidez. Es una auténtica enfermedad social, individual, colectiva. En general hay comportamientos absurdos e irracionales. Porque las otras, las enfermedades cardiovasculares, el cáncer, los accidentes de tráfico, son las que más mortalidad causan, pero es muy difícil acabar con ellas. En cambio este comportamiento absurdo, el comportamiento poco inteligente, que en eso cosiste la estupidez humana, acarrea consecuencias devastadoras para la sociedad que, al fin y al cabo, podemos controlar con educación.

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